CRUZ - CONFLICTIVIDAD - MARTIRIO
Ser cristiano es seguir a Jesús, y seguir a Jesús es acompañarlo cargando su cruz diariamente. «El que quiera venir en pos de mí, tome su cruz cada día y que me siga».
El crucifijo ‑
la cruz con el Crucificado‑ ha pasado a ser el símbolo más universal del
cristianismo; desgraciadamente el más banalizado también, en joyas, en los
bancos, en tribunales inicuos, en edificios ostentosos y en la mortal compañía
de la espada de tantos conquistadores.
En el apartado «penitencia liberadora» explicitamos lo que es y lo que no es la cruz, particularmente en orden a la reparación del pecado y al dominio de sí. En este apartado queremos subrayar específicamente cinco aspectos mayores de la cruz cristiana:
- la pobreza
- el sufrimiento y la muerte
- la abnegación y la renuncia
- la conflictividad
- el martirio
1.
La mayor parte de la
humanidad, un 80%, sobrevive en la pobreza. En América Latina el 44% malvive en
la miseria
1.
Esta situación es una cruz colectiva, diaria y creciente. Podría ser superada en
gran parte si el orden económico mundial, las relaciones Norte-Sur y las
estructuras internas de cada país fueran otras.
Entretanto la
pobreza y la miseria están ahí, en Nuestra América, en nuestras calles y campos,
en la carne de nuestro pueblo.
También esa
pobreza ha de ser vivida con espiritualidad. ¿Como?
La
espiritualidad de la liberación, por ser explícitamente cristiana y liberadora,
debe asumir el combate a la pobreza como una virtud fundamental de su talante
profético, de su solidaridad fraterna y de su servicio al prójimo.
Cuando la
pobreza habita nuestra propia casa, debemos también, en primer lugar, descubrir
sus raíces y sus posibles soluciones. La primera forma del amor familiar será
luchar contra esa pobreza, para que haya vida y alegría en casa. No podemos ser
pobres sin espíritu; a los «pobres con espíritu» ‑ según la versión de Mateo‑
les prometió Jesús su bienaventuranza.
En segundo lugar
habremos de luchar contra esa pobreza uniéndonos a los demás pobres
organizadamente. No somos pobres por casualidad, ni lo somos individualmente.
Somos una inmensa colectividad empobrecida, producto de la dominación y de la
explotación. No es el Dios de la Vida quien nos hace o nos quiere pobres; son
los dioses de la muerte: el capital, la corrupción pública, la dependencia y, a
veces, factores hereditarios o nuestra propia inercia y claudicación. De todos
modo, para nuestra fe, y en comunión con Jesús pobre, podemos hacer siempre de
la pobreza, en cualquier circunstancia, cruz de la Cruz. La conformidad con la
voluntad de Dios ‑ que no es conformismo‑ es un rasgo fundamental de los pobres
de Yavé, en el Antiguo Testamento, y de los «crucificados con Cristo», en el
Nuevo.
Por otra parte,
y dentro de ese proceso lúcido y constante de denuncia y combate de la pobreza y
sus causas, estructuras y consecuencias, los que no somos tan pobres en América
Latina ‑y en cualquier lugar donde haya pobres‑ debemos vivir constantemente
alerta para descubrir esa misma pobreza y aproximarnos a ella, para com‑padecer
a los pobres y compartir sus carencias, sus reivindicaciones y sus luchas. No
podemos afrontarlos con ningún tipo de lujo o de superfluidad en nuestra vida,
en nuestras familias, en nuestras instituciones, civiles o eclesiásticas. Que
los pobres no puedan blasfemar el nombre de Dios por el escándalo de una fe
despilfarradora e insolidaria. Es inconcebible una Iglesia, una casa religiosa,
un sacerdote, un agente de pastoral, pero también una familia y cualquier laico
o laica cristianos, derrochando lo que a la mayoría le falta; o negándose a
compartir con esa mayoría, no apenas una limosna o una visita esporádica, sino
la entera vida familiar, religiosa, eclesiástica.
Ser cristiano en
América Latina es estar cerca de los pobres, asumir las causas de los pobres y,
en cierta medida también, vivir «como» los pobres. O, de lo contrario, se niega
en la práctica el mandamiento nuevo, y la solidaridad y el Evangelio se tornan
un sarcasmo.
Ser cristiano en América Latina es vivir constantemente y organizadamente la opción por los pobres: siendo pobre de otro modo, por el Espíritu; o, por el mismo Espíritu, haciéndose pobre con los pobres. En la bienaventuranza de la pobreza evangélica y en la lucha contra la pobreza inhumana. Pobres y no pobres, pero viviendo todos la opción por los pobres, debemos hacer práctica habitual entre nosotros la distinción y la exhortación de Medellín en su documento «Pobreza de la Iglesia»: combatir la pobreza real como un mal, vivir la pobreza espiritual como despojamiento y disponibilidad a la voluntad de Dios, y hacer de la solidaridad la convivencia fraterna y la lucha diarias.
2. El
sufrimiento, como dolor, enfermedad física o psíquica, deficiencia natural o
adquirida, soledad, accidente, decrepitud… y, al fin, como muerte, es
simultáneamente un misterio y una connaturalidad en nuestra condición de seres
finitos y mortales. Cada día tiene su propio afán (Mt 6, 34) y cada edad sus
propios sufrimientos.
Nunca la
humanidad ha podido ni podrá expulsar totalmente el sufrimiento de su propio
camino, aunque tenga el derecho y el deber fundamental de combatirlo y
aminorarlo constantemente
2.
El sufrimiento de Job traspasa toda la historia humana, en cualquier
civilización. Gustavo Gutiérrez
3
nos ha ayudado a sentir dramáticamente vivo y poderosamente evangelizador ese
Job colectivo que es el Pueblo latinoamericano.
Siempre la
humanidad se ha preguntado y se preguntará sobre el porqué del sufrimiento
4
inocente o aparentemente inútil o abiertamente injusto. El desafío para nosotros,
los cristianos, es descubrir el sentido del sufrimiento y vivirlo según la
voluntad de Dios, quizá en la fe desnuda, para vivir a Dios también desde el
sufrimiento y desde el sufrimiento hablar de Dios, para hacer entrar todo
sufrimiento en la dinámica del Reino, como la Cruz de liberación, y no como cruz
de maldición. Nosotros conocemos definitivamente que podemos pasar de la muerte
a la vida (1 Jn 3, 14), del sufrimiento a la alegría por la palabra, la vida, la
muerte y la resurrección de Jesús. Por Jesús, el Siervo Sufriente por
antonomasia, y el «primero en nacer de entre los muertos», sabemos y podemos
sufrir bien, y debemos ayudar a bien sufrir.
Abiertos, sin
ansiedades, a las contingencias de la vida, en la salud, en la economía, en la
posición social, o en los accidentes dolorosos de cualquier especie. La primera
actitud cristiana delante del sufrimiento es reconocer la acción liberadora de
Dios también en él.
En segundo
lugar, delante del sufrimiento, debemos saber conjugar la oración confiada ‑que
a veces será la oración de Getsemaní «pase de mí este cáliz, pero no se haga mi
voluntad sino la tuya»‑, con todas las soluciones humanas que estén a nuestro
alcance. Jesús no buscó el sufrimiento. La cruz no es pasividad.
En tercer lugar,
con generosidad de espíritu, debemos evitar hacer sufrir a los demás
descargándoles nuestro propio sufrimiento. No es lo mismo ser voluntariamente
cireneos que obligar a los demás a serlo. Esta capacidad de llevar el propio
sufrimiento, sin exteriorizarlo y sin crear clima de sufrimiento a nuestro
alrededor, es particularmente necesaria dentro de la familia, por la proximidad
y la continuidad con que en ella se vive.
En cuarto lugar, debemos saber organizar el mismo sufrimiento. Sea en el ritmo personal de la vida, sea participando en actividades o entidades de las diferentes pastorales del sufrimiento: la pastoral de los enfermos y de los discapacitados, de los refugiados, desplazados o marginados
Ante la muerte, la única actitud verdaderamente cristiana es pascual. La muerte ya ha sido vencida (1 Cor 15, 54-57) en Aquel que murió con todas nuestras muertes y por todos nosotros (1 Ts 5, 10; 1 Cor 15, 3). La espiritualidad cristiana, más aún aquí donde la muerte es tan multitudinariamente cotidiana y absurda, debe aprender a vivir la muerte y enseñar a afrontarla y a transformarla. Primero, combatiéndola, porque nuestra espiritualidad, espiritualidad del Espíritu de Vida, nunca podrá ser suicida, evidentemente. Segundo, acompañándola en los familiares o amigos que se sienten visitados por la muerte, sobre todo cuando se trata de una muerte injusta, en caso de persecución, marginación o cualquier tipo de violencia. Tercero, delante de la muerte debemos sacar siempre y ayudar a sacar lecciones de vida, en favor de la salud, de la promoción social, de la seguridad en el trabajo… Finalmente, la espera de la muerte y su hora son mayormente aquel kairós habitual o puntual para vivir la esperanza. Muertos por el bautismo en la muerte y en la resurrección de Jesús, la muerte, ajena o propia, ha de ser para nosotros una vivencia sacramental, un testimonio de Pascua.
3. En la
historia de la espiritualidad cristiana «cargar con la cruz», a petición de
Jesús en el evangelio, ha significado también, sobre todo en los diferentes
tipos de vida religiosa, la renuncia a ciertos derechos o comodidades normales
en la vida «no consagrada». También ha significado, ya en un ámbito más general,
la abnegación, el negarse a sí mismo, el mortificarse. Prácticas universalmente
conocidas, como el ayuno, mortificaciones corporales, tiempos de vigilia, etc.
han traducido en concreto esa abnegación.
El «negarse a sí
mismo» y el renunciar «por el Reino» a bienes o derechos, intereses o
comodidades, continúa siendo de vigente y urgente actualidad en la
espiritualidad cristiana; hoy, sobre todo, frente al consumismo, hedonismo,
despilfarro; cuando la miseria de la mayoría es cada vez más profunda y es cada
vez más ancha y sofisticada la posibilidad de placer y disfrute por parte de una
minoría egoísta. Y evidentemente, sigue y seguirá siendo siempre indeclinable
aquella renuncia o abnegación que se nos imponen para ser fieles a Dios y al
prójimo, para controlar nuestras pasiones y para cumplir con los deberes
privados o públicos.
Ya hemos dicho
que hay ciertas constantes, también de sacrificio voluntario, que todas las
religiones y culturas reclaman y hasta ritualizan. La santidad, en cualquier
lugar y en todos los tiempos, es un proceso de purificación y de entrega, una
oblación de sí y una disciplinada carrera hacia la plenitud del Amor (Flp 3,
12). La espiritualidad de la liberación, por el doble énfasis que da al
seguimiento de Jesús y a la opción por los pobres, debe ser una espiritualidad
de generosas renuncias «por el Reino».
Esas constantes,
en su expresión, cambian y deben cambiar según los tiempos y los lugares. Uno de
los graves errores de las espiritualidades «tradicionales» ha sido codificar
excesivamente una ascética y una mística de ámbito y horizonte determinados
creyendo que construían el edificio del Espíritu para siempre y para todo lugar.
Todos nosotros
habremos de cargar con la cruz de la renuncia y de la abnegación en la vida de
familia, en el trabajo y en el compromiso con el pueblo. Los tres ámbitos,
además, habremos de llenarlos simultáneamente, asumiéndolos con coherencia y
hasta en actitud de testimonio. Un cristiano que no sea capaz de abnegarse día a
día, hasta en los detalles, y con alegre disponibilidad, en estos tres ámbitos
básicos, no vive coherentemente su espiritualidad por muy heroico que pudiese
parecer esporádicamente en la militancia o en la pastoral. La vida de
matrimonio, la relación entre generaciones, la educación, el noviazgo, la
disciplina inherente al trabajo en equipo y la servicialidad, la capacidad de
comprensión y de perdón, así como las inclemencias del tiempo, de los viajes,
los servicios imprevistos, las precariedades en la comida o en el descanso… son
aquella primera cruz que hay que llevar continuadamente, con garbo espiritual,
sin engañarse buscando cruces exóticas o reservándose sólo para la cruz de
responsabilidades públicas y de tareas extraordinarias
5.
La guerrilla del
Reino se libra no sólo ni principalmente en la montaña del heroísmo, sino sobre
todo en el llano de la cotidianeidad.
Esa cruz
pastoral se desdobla en esas muchas astillas del trabajo en equipo, por la
planificación, la ejecución disciplinada y la evaluación; renunciando al
protagonismo y encajando con elegancia espiritual la incomprensión de los
compañeros o de los superiores, o la ingratitud del pueblo mismo; ofreciéndose a
veces para áreas o servicios que otros no quieren; manteniéndose con abnegada
constancia en una misma pastoral o tarea aun cuando no aparezcan los frutos
inmediatos o cuando los resultados parezcan contrarios. No olvidemos que el
fracaso puede ser una cruz. No olvidemos que el grano de trigo muere primero,
soterrado, para sólo después dar fruto (Jn 12, 24). No olvidemos que intentamos
seguir al fracasado Jesús de Nazaret.
El Pueblo mismo,
en su diversidad cultural y complejidad familiar, por los apremios de la
sobrevivencia, y bajo el bombardeo de propuestas contradictorias o de espejismos,
sociales y religiosos, es una cruz para cualquier agente de pastoral
comprometido. Huir de la cruz del Pueblo sería huir de la cruz de Cristo. En
última instancia, la «máxima penitencia» y la mejor corona del agente de
pastoral (Flp 4, 1) es el mismo Pueblo, a quien engendra (1 Co 4, 15).
Ni podemos caer
en la tentación de valorar al pueblo solamente cuando se trata de los sectores
populares ya organizados. Nuestra com‑pasión pastoral y cualquier servicio
abnegado que ella reclame debe ir espontáneamente hacia esa muchedumbre
anonimizada que anda «como ovejas sin pastor» (Mt 9, 36).
Hoy, más que
nunca, si queremos dar valor de vida y no sólo de slogan a la «nueva
evangelización», la pastoral, muy característicamente en nuestro Continente, nos
exige la renuncia a todo etnocentrismo y el esfuerzo constante, creativo y
fácilmente incomprendido, de la inculturación real. Para unos, la mayor renuncia
puede ser tener que despojarse de la vivencia de la propia cultura, nativa o
asimilada, para encarnarse, como el Verbo, en la cultura del área pastoral a la
que somos enviados. Para otros, la diaria abnegación será luchar contra viento y
marea, desde la propia cultura marginada o prohibida, para que el Evangelio y la
Iglesia se inculturen liberadoramente. Esta cruz de la inculturación
6,
tan antigua como nueva, sólo ahora empieza a ser públicamente reconocida por la
Iglesia en su evangélica fecundidad de cruz.
Además, la
pastoral
7,
dignamente ejercida, a pesar de las urgencias, nos exige la abnegación que
supone el estudio, la información, la formación permanente. Y ante todo y sobre
todo, la pastoral cristianamente liberadora nos exige la abnegación ‑silencio,
escucha, oscuridad de la fe, riesgo de la disponibilidad‑ de una vida de oración
8
intensa y sostenida.
En América
Latina, la vida religiosa viene encontrando en las últimas décadas, bajo la
sabia animación de la CLAR
9,
la ubicación latinoamericana de las renuncias y la entrega constitutivas de la
vida religiosa. Con las comunidades «insertas» en el medio popular; desplazando
hacia la frontera y la periferia de la sociedad antiguas residencias y energías;
arriesgando, con los pobres de la tierra y con los militantes de los procesos
populares, la tranquilidad, el prestigio, la salud y hasta la vida. Ya son
legión las religiosas y religiosos que en nuestra Patria Grande han derramado su
sangre por el Reino. No ha pasado la hora de la vida religiosa, menos aún en
América Latina. Nuevas experiencias y la mayor compenetración de la misma vida
religiosa con la vida laical prometen una floración providencial.
Y en la vida religiosa, de ayer y de hoy, de los antiguos desiertos o de nuestra América, los tres votos de pobreza, castidad y obediencia fueron, son y serán la concretización de la cruz asumida en comunidad de vida, de testimonio y de evangelización. Los tres, sin embargo, habrán de sentirse cada vez más connotados por la referencia al modo de vida del pueblo pobre y al servicio eficaz de las mayorías, y por la contestación profética a los ídolos del placer, del tener y del poder. El hecho de que esa vida religiosa se constituya básicamente en comunidad reclama necesariamente esa renuncia constante que es la propia vida comunitaria bien llevada. Una «vida realmente común» no sólo dentro de la propia comunidad religiosa, sino también con la gran comunidad de los pobres, actualiza proféticamente para los religiosos y religiosas la antigua «máxima» penitencia, sea cual fuere el respectivo carisma y ministerio 10.
4. Como personas,
como sociedad, como Iglesia, si vivimos fielmente nuestra espiritualidad y sus
radicales consecuencias, habremos de abrazar inevitablemente la cruz del
conflicto. Porque la conflictividad es un rasgo esencial en la vida histórica de
Jesús sigue siendo un rasgo esencial de la vida histórica de sus seguidores:
- la
conflictividad con los propios familiares y compañeros
11;
- la conflictividad con los poderes e intereses de este mundo 12
- la
conflictividad con la sinagoga y el templo
13
de una curia cerrada, o una legislación impositiva o un jerarquismo o
clericalismo exacerbados.
Desde que
nuestros Pueblos despertaron con una nueva conciencia frente a su realidad de
cautiverio y se incorporaron en pie de liberación, América Latina se ha
convertido en el Continente de la conflictividad.
Organizaciones
populares y comunidades eclesiales de base, militantes y agentes de pastoral en
sus diferentes niveles, intelectuales, artistas y teólogos de la liberación,
aldeas enteras y muchedumbres anónimas del pueblo cristiano de América Latina,
durante las dictaduras militares o bajo el actual imperio del neoliberalismo, en
la patria o en el exilio, en la ciudad o en el campo, cargan diariamente esta
cruz de la conflictividad. Salir de la inconsciencia y del conformismo es entrar
necesariamente en el conflicto que acompaña inseparablemente a la historia
14.
Normalmente, sólo se puede evitar la conflictividad renunciando a la liberación
y al seguimiento de Jesús.
Todos
compartimos la convicción de Mons. Romero: «créanlo, hermanos, el que se
compromete con los pobres tiene que correr el mismo destino de los pobres. Y en
El Salvador ya sabemos lo que significa el destino de los pobres: ser
desaparecidos, ser torturados, ser capturados, aparecer cadáveres»
15.
También con él, en el mismo sentido, nos «alegramos» de que la Iglesia
latinoamericana esté participando de lleno de esta conflictividad martirial: «me
alegro, hermanos, de que nuestra Iglesia sea perseguida, precisamente por su
opción por los pobres y por tratar de encarnarse enel interés de los pobres»
16.
Y lo que él dijo de su país lo podemos decir de toda la Patria Grande: «sería
triste que, en una Patria donde se está asesinando tan horrorosamente, no
contáramos entre las víctimas también a los sacerdotes. Son el testimonio de una
Iglesia encarnada en los problemas del Pueblo»
17.
Para los
cristianos, ciertamente, es más dolorosa y menos comprensible esta cruz del
conflicto, cuando nos viene de la Iglesia como institución
18.
En todo caso, la cruz de la conflictividad ‑ con la familia, con el Sistema, con
la Iglesia‑ sólo será cruz cristiana si sabemos llevarla con espíritu, en el
Espíritu, como Jesús la llevó
19.
5.
La memoria
subversiva de tantos mártires es alimento fuerte de la espiritualidad de
nuestras comunidades y de la resistencia de nuestros pueblos, camino de la
Liberación. La celebración de esa memoria, tan sacramentalmente eficaz, es la
mejor expresión de una gratitud que conforta y compromete. Un pueblo o una
Iglesia que olvidan a sus mártires no merecen sobrevivir. Esa memoria, esa
celebración, se visibilizan constantemente en los nombres, los rostros, las
palabras, las reliquias y hasta la sangre estampada que adornan casas, salas y
templos, carteles y mantas, murales y camisetas.
Ser cristiano,
decíamos, es ser testigo pascual. Ser testigo, no sólo etimológicamente sino
también en la vida, puede equivaler a ser mártir. El martirio, a partir de la
muerte de Jesús, es el máximo paradigma de la cruz cristiana. «Nadie tiene mayor
amor que el que da la vida por los que ama» (Jn 15, 13).
01
Declaraciones de Hert Rosental, secretario de la CEPAL, marzo de 1992
02
GS 34
03
Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente. Una reflexión sobre
el libro de Job, CEP, Lima 1986
04 J. JIMENEZ LIMON, Sufrimiento, muerte, cruz y martirio, en Mysterium Liberationis, II, 477-494
05 Cfr los apartados «Fieles en el día-a-día» y «penitencia liberadora»
06
Cfr el apartado «Encarnación»
07
Sobre la pastoral y su significado espiritual, cfr P. CASALDALIGA, El vuelo…,
págs 165-194
08
Cfr el apartado «Vida de oración»
09
Confederación Latinoamericana de Religiosos, nacida en 1959, que,
incomprensiblemente está viviendo hoy unas desconfianzas y controles que a
nuestro entender no merece, pero que en todo caso esperamos no dejarán de ser
una nueva cruz de purificación para la vida religiosa latinoamericana.
10
Sobre la vida religiosa desde una perspectiva latinoamericana, cfr toda la
producción de la CLAR, así como V. CODINA - N. ZEVALLOS, Vida religiosa:
história e teologia, Vozes, Petrópolis 1987, en esta misma colección.
11 Lc 2, 41ss; 4, 28; 4, 19-20; 8, 46; Mc 8, 31ss; Jn 12, 4
12 Mt 17, 24-27; 27, 59ss; Mc 8, 33; 10, 35ss; 12, 1-12; 14, 53-54; 15, 1; 15, 6ss; Lc 20, 1-19; 22, 66; Jn 10, 24.31; 11, 45; 18, 12ss.
13
Cfr Carlos BRAVO, Jesús, hombre en conflicto, Sal Terrae, Santander 1986.
Poco antes de su muerte, evaluando sus 80 años, K. RAHNER afirmaba: «Me hubiera
gustado haber tenido en mi vida más amr y más valentía, sobre todo frente a los
que detentan la autoridad en la Iglesia». IMHOF-BIALLOWONS, La fe en tiempo
de invierno, Desclée, Bilbao 1989, pág. 44.
14
J. COMBLIN, Antropologia cristã, Vozes, Petrópolis 1987, págs. 188-204
15
Homilía, 17 de febrero de 1980
16
Homilía, 15 de junio de 1979
17
Homilía, 24 de junio de 1979
18
Sobre la conflictividad eclesiástica, cfr. I. SOBRINO, La unidad y el
conflicto dentro de la Iglesia, en Resurrección de la verdadera Iglesia,
Sal Terrae, Santander 1981, 210-242
19
También en este punto de la conflictividad eclesiástica ‑a sus varios niveles‑
fue paradigmático el caso de Mons. Romero, como lo revela su diario personal,
editado por el arzobispado de San Salvador en 1990 (sin otro pie de imprenta)
20
Sobre el martirio: VARIOS, Praxis de martirio ayer y hoy, Lima 1977, y
CEPLA, Bogotá 1977; VARIOS, Morir y despertar en Guatemala, Lima 1981;
CEP, Signos de vida y de fidelidad. Testimonios de la Iglesia en América
Latina. 1978-1982, Lima 1983; Concilium monográfico sobre «El martirio hoy»
183(marzo 1983)325-334; G. GUTIERREZ, Beber en su propio pozo, Sígueme,
Salamanca 41986, págs 150ss.; M. LOPEZ FERNANDEZ, Mártires por el Reino en
América Latina, tesis de licencia en el Instituto Superior de Pastoral de
Madrid, febrero de 1992
21 Instituto Histórico Centroamericano, La sangre por el Pueblo. Nuevos mártires de América Latina, Managua 1983. A la espera de una edición continental actualizada, numerosas revistas y publicaciones ofrecen listas más o menos abundantes, siempre incompletas; una de las menos incompletas es la de la «Agenda Latinoamericana» de 1992 y 1993, publicada en nueve países del Continente